En memoria de un fiscal
MANUEL MARCHENA GÓMEZ*
Magistrado del Tribunal Supremo
No es fácil acertar con las palabras en la despedida del amigo que acaba de morir. La sentida necesidad de recordar a José Luis Álvarez de los Ríos y de hacerlo públicamente, me ayudan a asumir esa dificultad. Mi amigo era un hombre joven consumido en sus últimos días por una metástasis que le llevó a la muerte entre intensos dolores. Un amigo del que escuché, hace ahora algunos meses, cuando la enfermedad ya le había sido diagnosticada, una terrible frase que no todos seremos capaces de pronunciar: «voy a afrontar mi muerte y lo voy a hacer con serenidad». José Luis era Fiscal, trabajaba en la Audiencia Provincial de Badajoz. Su tarea como Fiscal de vigilancia penitenciaria, en permanente contacto con personas privadas de libertad, le permitía paladear los pequeños detalles de la vida. Un paseo entre encinas, una comida con amigos o un buen brandy le hacían disfrutar del placer de vivir. Sus aspiraciones vitales no las centraba en su trabajo: «no tengo ningún interés en ser jefe. Necesito a alguien que ordene mi vida, no sirvo para ordenar la de los demás».
A José Luis le apasionaba la música clásica. Como a todos, le ayudaba a soportar las cosas insoportables de la vida. Las suites de violonchelo de Bach había que escucharlas por Rostropovich, de lo contrario, «uno se perdía los matices». Acuérdate -me decía- que «nadie ha conseguido superar la versión de Rubinstein de los nocturnos de Chopin. La portuguesa es buena -se refería a María Joao Pires- pero todavía no lo ha logrado. Hay que darle tiempo». Le entusiasmaba la fotografía. También la literatura. Le encantaba Pérez Galdós. La Fontana de Oro era su novela preferida. Y José Luis dedicaba buena parte de su ocio a la informática. En alguna época llegó a coquetear con la difuminada línea que separa al usuario convencional del verdadero hacker. Disfrutaba con el desafío intelectual al que le obligaba el ordenador. De hecho, fundó con algunos amigos -entre los que me encuentro- varias páginas webs que consumían nuestro tiempo y algo de nuestro dinero. Recuerdo la última vez que pude visitarle, ya en el hospital del que nunca más saldría vivo. Pasaba sus horas manipulando un sofisticado equipo en miniatura. «El futuro es de la nanotecnología» -me dijo con una mirada que expresaba la proximidad de su muerte-.
No siempre uno tiene la ventaja de conocer a un gran tipo, a un hombre incapaz de hacer mal a nadie, a un compañero que en los últimos momentos de su existencia redobló la dignidad con la que había vivido. Gracias, José Luis, muchas gracias por los días que nos diste, bendigo la luz que te ilumina.
http://www.hoy.es/20080326/sociedad/memoria-fiscal-20080326.html
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"No hay necesidad de apagar la luz del prójimo para que la nuestra pueda brillar"















