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Los enigmas del sótano del horror
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Los enigmas del sótano del horror

Su doble vida le imponía una organización castrense para repartir su tiranía arriba y abajo, programar visitas, hacer dobles compras o ampliar el zulo según crecía la familia oculta. Todo sobre el monstruo Fritzl

JAVIER GÓMEZ | MÓNICA FOKKELMAN

"Por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse, una condición humana más miserable no existe y no puede imaginarse... Nos quitarán hasta el nombre".

Primo Levi, Si esto es un hombre.

Cuánto tuvo que sufrir Josef Fritzl, el pasado domingo, con los botines desabrochados comiéndose el bajo del pantalón, la camisa remangada a las bravas y un tupé ralo y desbocado. El, que siempre llevaba zapatos recién encerados, la corbata anudada con rectitud germánica y hasta se implantó pelo cuando oyó la primera burla sobre su incipiente calvicie. La Policía austriaca lo presentó al mundo como un desastrado. A él, que siempre había cuidado su impoluta imagen con laboriosidad maniaca. La misma que le permitió, durante un cuarto de siglo, esconder su alter ego carcelero, fabricar un hogar de ultratumba y apagar dentro el interruptor de la vida de cuatro personas.

Sólo unas escaleras y un par de metros en vertical separaban la normalidad del espanto. Fritzl los descendió y trepó, sigilosa y puntualmente, casi cada día durante 24 años. Bajo su techo tenía una mujer sumisa, seis hijos y tres presuntos nietos -en realidad vástagos- criados con disciplina marcial y un reguero de mentiras. Bajo sus pies, su hija Elisabeth, guiñapo sexual, y tres pequeñas sonrisas que desconocían la luz e ignoraban que "el abuelo", nunca "papá", que traía comida, ropa y golpes era quien les había encerrado allí para siempre.

Tras este suceso, uno de los más cruentos que ha supurado Europa, subyacen reveladores detalles. Crónica ha recopilado diez de ellos, que explican los enigmas del sótano del horror e ilustran el coraje inquebrantable de una hija rehén; la inocencia infinita de un niño y cómo un electricista jubilado consiguió encarnar la perversión más mefistofélica del terror. Mentira a mentira. Minucia a minucia. Con el mismo esmero con el que abrillantaba sus mocasines.

A Josef Fritzl nunca le importó que su familia de abajo -su hija Elisabeth, y tres de los vástagos que tuvo con ésta, Kerstin (19 años), Stefan (18) y Félix (cinco)- no supiese lo que era el sol. El, en el corazón de las montañas centroeuropeas, se las arreglaba para lucir un impoluto bronceado. Un moreno que atemorizaba a su familia de arriba -su mujer Rosemarie, su prole oficial de seis hijos, y otros tres fruto de las violaciones a Elisabeth [Lisa (16), Monika (14) y Alexander (12)], que sacó del zulo cuando eran bebés.

Sepp, que así le llamaban, era un monstruo de punta en blanco. Un caníbal de cubertería fina y servilleta en el cuello. Rasgos de una personalidad enfermiza, caracterizada por un perfeccionismo de orfebre insomne que sobrevuela los 10 detalles que desmenuzan el caso Fritzl.

1. PAJARILLOS.

Desde la acera de la Dammstrasse, la callejuela perpendicular a la Ybbstrase, en cuyo número 40 -superficie y subsuelo- residían Josef Fritzl y sus dos camadas, se atisbaba el lunes, en una de las ventanas, una jaula con pajaritos. Alrededor, varias macetas talladas con el mismo fervor geométrico con el que el patriarca segaba su jardín o colocaba la moqueta roja que recubría las esquinas del zulo.

Cuidar pajaritos. Pasatiempo de lo más plácido y austriaco. Para un jubilado de lo más plácido y austriaco. En un pueblo de 23.000 habitantes, tan plácido como austriaco y capital del mosto de pera.

Su doble vida le imponía una organización castrense. Había que repartir la tiranía arriba y abajo, aunar compras secretas y en vitrina, llevar una segunda contabilidad... Aun así, es posible imaginarlo subiendo escaleras aprisa, con puntualidad intachable, buscando el alpiste y dando de comer con tino a sus bestiecillas armoniosas, con las que probablemente se prodigaba en carantoñas, tras volver fatigado del sótano. De su otra jaula. De alimentar a sus otras bestiecillas, ya domesticadas.

2. CARTAS.

Fritzl urdió su escenario de mentiras gracias a las cartas manuscritas que dictó a Elisabeth bajo amenaza. En la primera misiva, septiembre de 1984, la joven, de 18 años, crea el decorado de su ingreso en una secta. La Policía investigó someramente. La chica era carne de gurú: sólo tenía una amiga y apenas salían, ya era mayor de edad y tenía un nutrido historial de fugas. Asunto archivado.

Su padre preparó con pericia las bambalinas de la función. Tras su desaparición, irrumpió en el bar de autopista en el que trabajaba su hija para acusar de mobbing a sus jefes. Un progenitor desamparado y compungido. Enrabietado y atormentado. Capaz de todo para recuperarla. Una coartada moral perfecta, moteada con nuevas cartas, siempre timbradas en la Alta Austria, la región colindante... Una interpretación magistral, a la que pronto se unieron nuevos personajes.

Las agresiones sexuales se sucedían. En ocasiones, varias veces al día. Sólo fue cuestión de tiempo que Elisabeth se quedase embarazada. Cuando en 1988 nació Kerstin en su submundo, el más pequeño de los vástagos que componían su familia de arriba tenía once años.

Los seis partos artesanales -uno de gemelos- eran uno de los misterios por esclarecer. Cuando los policías preguntaron a Fritzl cómo, sin conocimientos ni instrumental, pudo asistir a su hija, éste les despachó con desdén marca de la casa: "Cuando no había médicos, los niños también nacían".

Fue agrandando el refugio, que en origen sólo constaba de una estancia, para que cupiesen los pequeños. Recubrió de hormigón, palada a palada, la puerta de acero, de un metro de alto por 60 centímetros de ancho, hasta erigir la mole de 300 kilos, oculta tras una estantería, que daba acceso a su otro mundo.

A Kerstin la acompañó, un año y medio después, Stefan. Cuando, en octubre de 1992, Lisa vio la luz -al menos, la crispante luminosidad eléctrica de unas bombillas sin apliques ni lámparas-, la existencia en la ratonera se hizo inviable. Nueve meses después, la pequeña berreaba en un canasto en el recibidor de los Fritzl. Junto a ella, de nuevo, una misiva. El mismo procedimiento que siguió para justificar la aparición, en los dos años sucesivos, de Monika y Alexander.

Con una carta comenzó todo y también un escrito desencadenó el fin. El 19 de abril, Elisabeth convenció a su cancerbero de que acompañase al hospital a Kerstin, cuyas convulsiones y desmayos se habían agravado. Entre las ropas de su primogénita deslizó un mensaje: "Le aterra el resto de la gente. Nunca ha estado en un hospital. Mi padre es la única persona a la que conoce". Esas palabras, acompañadas del rostro cadavérico y desdentado de una chica de 19 años, víctima de una enfermedad indescifrable, motivaron la alerta difundida por la televisión pública ORF, para encontrar a su madre. Desencadenaron las primeras contradicciones de Fritzl. Y terminaron por abrir, 24 años después, la puerta de la mazmorra.

3. NANAS.

El pequeño Félix, de cinco años, ya fuera de la madriguera, sigue necesitando que su madre le cante cuando se pone nervioso, alterado por cualquiera de los sobresaltos de un mundo extraño. Sea de día o por la tarde, con luz o sin ella. Como cualquier madre haría con su hijo. Pero a las nanas que el benjamín escuchaba entre los muros húmedos de lo que para él era su casa, les faltaba un componente esencial. Eran nanas sin noche.

Incluso recluida en su ataúd con suelo de sintasol, Elisabeth blindó la inocencia de sus pequeños. Dibujos de peces en las paredes. Girasoles esbozados en hojas de papel. Recortables con formas del mundo exterior, simples animales y plantas. Seres de ciencia ficción para unos pobrecillos que, a lo sumo, sabrían de la existencia de algún insecto.

Para que el rencor no colmase la madriguera, Elisabeth les ocultó durante 24 años que estaban retenidos. Les explicó que todo cuanto veían por televisión existía, como un alma pía cree en el más allá. Que "ahí arriba, en el cielo", tenían hermanos. Que un día podrían verlos. Que "el abuelo", nunca "papá", era como un mensajero entre ambos mundos. Y que cuando ella y él se metiesen en la habitación a hablar cosas de mayores, ellos debían irse a ver la tele con el volumen muy alto.

Cuando un paisaje o un objeto les parecía atractivo, en una de las revistas que el carcelero les bajaba, lo colgaban como un trofeo. Como si fueran ventanas imaginarias por las que asomarse al mundo. Porque el único cristal a través del cual se podía mirar era el de la tele que vapuleaba imágenes sin cesar.

Así aprendieron que ahora todos llevan móvil. Que aquel austriaco musculoso que estrenó Conan el Bárbaro cuando Elisabeth era adolescente ahora preside California. Que a un salto de Amstetten no comienza el comunismo. Ese televisor era el reloj que dictaba los amaneceres sin luz. Y las nanas sin noche.

4. DEJADEZ.

Frente al perfeccionismo de Josef Fritzl, las autoridades incurrieron en tropezones continuos de dejadez, incompetencia y candidez. En varias ocasiones, una pizca de curiosidad hubiese abierto el castillo de If y liberado a sus cuatro Edmond Dantès.

En 21 ocasiones, los servicios sociales se personaron en la casa de los Fritzl para supervisar el crecimiento de los tres pequeños supuestamente abandonados por Elisabeth. Josef se ausentaba durante los controles. A nadie le extrañó. En una ocasión, unos técnicos que revisaban la caldera del garaje palparon el muro contiguo al del zulo. Sin percatarse de nada.

Uno de los inquilinos que ocupaban la planta baja del domicilio de los Fritzl se quejó una vez de sus infladas facturas de electricidad. Nadie investigó el porqué.

La carta con la que Elisabeth justificó, en 1993, el primer abandono de uno de sus bebés, hablaba una lengua extraña, fabuladora, casi grotesca. "Queridos padres, en la familia en la que me encuentro ya hay dos niños de 5 y 3 años. No quieren otros. Mi hija os la traen mis amigos. Tienen mis llaves de casa. Espero que sigan funcionando. Si no, dejarán el niño en el patio".

El sistema se tragó esta burda invención. Ni un policía creyó necesario seguir investigando. No se interrogó a los vecinos. Lisa, sin más, pasó a formar parte de la familia de arriba. Le concedieron la adopción, a pesar de que Fritzl había sido condenado en 1967 por una violación y un segundo intento de violación. Con la tutela, le dieron un apretón de manos, la enhorabuena por su caridad y una ración mensual de chelines para alimentar a la cría.

5. 'HOMO HOMINI LUPUS'.

"No existe un caso Amstetten. No existe un caso Austria. Existe sólo un caso singular", clamó la pasada semana Alfred Gusenbauer, canciller austriaco, temeroso de que, tras lo ocurrido a Natascha Kampusch -niña austriaca secuestrada ocho años- y la atroz existencia de Elisabeth Fritzl y sus hijos, los turistas se crucen de acera sólo con oír el nombre de Austria.

Sin embargo, existen en Austria claves que pueden explicar lo ocurrido. En concreto, las dictadas hace un siglo por un compatriota de Josef Fritzl, Sigmund Freud. "El salvaje, como el animal, es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado", decretó el padre del psicoanálisis. Y, como si pensase en su convecino, Freud escribió: "El hombre está en efecto tentado de satisfacer su necesidad de agresión a costa del prójimo, de explotar su trabajo sin compensación, de utilizarlo sexualmente sin consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infligirle sufrimientos, de martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus [El hombre es un lobo para el hombre]: ¿Quién se atreve, frente a todas las enseñanzas de la vida y la historia, a decir que este adagio es falso?". Ahora probablemente nadie.

6. MINIBUS.

La vida bajo tierra y reducida a tres habitaciones pasa muy, muy despacio. A Félix, su primera sonrisa en superficie le surgió al montar en el automóvil de la policía, el primero al que subía tras el portazo del cautiverio. Todo, colores y formas jamás vistos antes, desfilaba ante él a una velocidad que le resultaba imposible digerir. Los 50 kilómetros por hora del minibús azul fueron para él tan vertiginosos como una montaña rusa de media hora. Una sensación semejante a la que experimentó cuando, al ver una vaca, saltó en el regazo de su hermano Stefan. Cuando vio el sol y, a pesar de sus pupilas doloridas, se empeñaba en mirarlo de frente preguntando si eso era Dios.

-¿Sabes lo más bonito, Stefan? Las luces [los faros de los coches en sentido contrario] chocando contra el salpicadero del minibus.

7. LA "GORDA".

Christine siempre miró con ira a su cuñado. Llevaba 51 años humillando en público y golpeando en privado a su hermana Rosemarie, mujer simplona y sometida. Pegaba a sus sobrinos. Sabía de su pasado en prisión por violación. Y le llamaba la gorda.

"Su palabra era ley [...] Cuando entraba en una habitación, todos los niños se callaban y se quedaban quietos [...] Todos se fueron al cumplir la mayoría de edad", declaró al diario austriaco Österreich.

Su hermana le contaba que llevaba años sin tener relaciones sexuales con Sepp. Ahora entiende por qué pasaba las horas encerrado en su sótano. Solía bajar a primeras horas de la mañana. También al atardecer. A veces echaba incluso toda la noche, con excusas de trabajo.

La policía ha desvelado que, al otro lado del telón de acero, el de Fritzl que no el de Churchill, muchas veces se sucedían veladas normales. Con el monstruo convertido en manso "abuelo", que nunca "papá", ocupándose de los pequeños, mientras Elisabeth preparaba la cena para los cuatro. Como si, a lo largo de 24 años, incluso la abyecta mente del Dr.Jekyll hubiese pedido alguna tregua a Mr. Hyde.

8. HUMO NEGRO.

El hollín pestilente que destilaba la chimenea del número 40 de la Ybbstrasse no despertó las sospechas de ningún vecino. Sí las quejas, de vez en cuando, por romper el sacrosanto orden de un país de porcelana. Resulta raro, en un país traumatizado por su pasado nazi. Que sabe muy bien lo que significó ese humo negro, hace 65 años, en Auschwitz, a 578 kilómetros de Amstetten.

Nadie imaginó que, además de los desechos de su familia de abajo, que quemaba en la caldera, también incineró allí el cadáver de un bebé que murió en 1996. El gemelo de Alexander no fue tan fuerte como su hermano y pereció en un sepulcro de 60 metros cuadrados. Sus cenizas salieron por la chimenea.

Cuando la policía le hizo la pregunta crucial, por qué sepultó a su hija en vida, Fritzl no dudó: "Era rebelde y quería alejarla de las drogas". Cuando le inquirieron por qué salvó a unos y condenó a otros, se explicó con ternura de estalagmita: subían los débiles, los que lloraban, los que no resistían el cubil de humedad. Ellos no podían formar parte de su barra libre de poder omnisciente, sexo a voluntad y almas teledirigidas. Ese universo de bolsillo a su entera disposición.

Por si no fuese suficiente, se ha sabido que Fritzl amenazó a sus esclavos con llenar la cámara de gas si intentaban escapar. Demasiado coincidente para no preguntarse si la pérfida imaginación del torturador no bebió de fuentes gamadas. Josef Fritzl tenía tres añitos cuando Hitler anexionó Austria. Dio sus primeros pasos sumergido en la asfixia del propagandismo nazi. Un lugar donde se obedecía al más fuerte y los hijos nunca rechistaban al padre.

-¿Te arrepientes?, preguntó el policía.

-¿Por qué debería hacerlo? Siempre me ocupé de ellos.

9. ¿PIEDAD?

Las pasadas Navidades, Fritzl entró en casa blandiendo la enésima carta de Elisabeth. En ella, la hija díscola anunciaba su vuelta definitiva al hogar este verano, de la mano de sus otros tres hijos. ¿El aprendiz de demiurgo estaba dispuesto a deshacer su madeja de espanto? Franz Polzer, jefe de Policía del caso: "Parece que quería liberarse de sus responsabilidades". Liberar-SE. No liberarlos.

Los técnicos también examinan si es verdad que el electricista experto en electrotecnia había creado un mecanismo para que la puerta se abriese sola si, pasado un tiempo, él no introducía un código.

Parece imposible que, incluso en los otros finales imaginados por Sepp Fritzl, la mentira pudiese permanecer impune, a la vista de Elisabeth -42 años y vejez multiplicada por dos- y sus hijos de abajo, vírgenes de sol, mezclando palabras y gruñidos y encorvados para no golpearse con el techo de la covacha.

10. CUMPLEAÑOS.

Rosemarie y su hija Elisabeth se fundieron en un abrazo, el martes, en una sala de la clínica Mauer. La familia de abajo subió por fin la escalera que separó sus mundos durante 24 años. Juntos celebraron el 12º cumpleaños de Alexander con un pastel que devoraron Stefan y Félix, acostumbrados al rancho espartano. Le cantaron al celebrado el Glücklicher Geburtsta como una familia normal. Como si hasta la historia más triste tuviese derecho a un final lleno de la banalidad de la que Elisabeth y sus pequeños siempre carecieron.

Los especialistas vigilan el precario estado de salud física y mental de los recluidos. Intentan salvar la vida de Kerstin, que sigue postrada en coma inducido a unos pasillos de allí. Félix y Stefan necesitarán una terapia de entre cuatro y ocho años y a lo mejor serán normales. A lo mejor no. Procurarán aislarles de la prensa. Y les vestirán en el futuro con una identidad diferente, que les permita borrar para siempre el apellido Fritzl. El "abuelo", nunca "papá", que les apagó la luz durante 24 años. Y terminó por arrancarles hasta el nombre. Como dejó dicho Primo Levi.

http://www.elmundo.es/suplementos/c...1209852015.html
  




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