TEXTO: MARINA MARTÍNEZ / ILUSTRACIÓN: JOSÉ IBARROLA / MÁLAGA/
La agorafobia es algo más que el rechazo a los espacios abiertos. Quienes la sufren se recluyen en casa para evitar situaciones que les produzcan ataques de pánico inesperados SILVIA Linares sintió que había tocado fondo cuando operaron a su padre del corazón y fue incapaz de estar junto a él. También se perdió el bautizo de su sobrina. No podía coger el coche ni salir de casa. Temía no poder escapar de una posible crisis de ansiedad. Se sentía desprotegida. Había caído en las redes de la agorafobia. «Necesitaba siempre cerca a alguien por el miedo a tener un ataque de pánico en cualquier momento, era miedo al miedo», recuerda esta ingeniera catalana de 35 años, que comenzó a vivir en sus propias carnes este trastorno hace casi tres años. Ahora, después de haberlo superado, publica su experiencia en el libro 'Mi lucha contra la agorafobia'. Lo escribió en tiempo real mientras luchaba contra esta pesadilla que la dejó «totalmente incapacitada».
De hecho, los especialistas destacan que es la fobia que más interfiere en la vida cotidiana. Sin ir más lejos, recientemente, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña confirmó una sentencia que reconocía la invalidez absoluta a una trabajadora que padecía agorafobia.
Es, por tanto, mucho más que el rechazo a los espacios abiertos o a las multitudes. Quienes la padecen se ven obligados a recluirse en casa ante el miedo irracional a inesperados ataques de pánico o crisis de ansiedad. Temen que puedan aparecer en cualquier momento, así que quedarse solos es impensable para ellos. A veces, incluso dentro del propio hogar. Tal es así que les lleva a perder la pareja o abandonar el trabajo.
Y es que lo peor es salir. Los agorafóbicos ven en los lugares públicos un auténtico peligro. Para ellos, la seguridad es primordial. Viven con una constante sensación de indefensión. Los pensamientos catastrofistas les invaden. «Más que a los espacios abiertos, la agorafobia consiste en el miedo a que las sensaciones de ansiedad desborden a la persona y le conduzcan a un ataque de pánico o a perder el control. Entonces, evita los sitios que le supongan distanciarse de sus lugares de seguridad o de personas que la garanticen», advierte Jesús Rodríguez Goñi, psicólogo clínico y especialista en pánico y agorafobia. Él mismo padeció este problema con veinte años. Desde entonces, todo su interés profesional se ha dirigido hacia el estudio y tratamiento de este trastorno que, a su juicio, «va en aumento».
Su experiencia le dice que hay individuos más proclives a pasar por este trance, que suele afectar más a las mujeres y que es más habitual que se produzca en primavera y verano. «Existe una predisposición a padecerla en determinadas personalidades dependientes», entiende Rodríguez Goñi, que pone como ejemplo a sujetos con ansiedad social o con problemas hipocondríacos.
Alta autoexigencia
La psicóloga Marisa González añade otro caso, el de personas con una autoexigencia muy alta, «que al enfrentarse a una situación emocional y fisiológica que no dominan, la redimensionan y la consideran muy grave».
Precisamente, aunque los especialistas no lo ven determinante, tras este trastorno puede esconderse una causa biológica. De hecho, un grupo de científicos españoles ha identificado una alteración genética que predispone a sufrir ataques de pánico, agorafobia, fobia social y otras manifestaciones de ansiedad. La investigación constata una duplicación del cromosoma 15 (denominada DUP25) en más del 95 por ciento de los pacientes con trastorno de pánico y únicamente en el siete por ciento de la población general.
Sea de una forma u otra, lo que sí está comprobado es que existen determinadas circunstancias desencadenantes. Una de las más influyentes es el estrés. Atravesar momentos de mucha presión, cambios importantes o pérdidas significativas puede ser suficiente para caer en la ansiedad y, de ahí, en la agorafobia. Asimismo, según la Asociación Madrileña de Agorafobia, está demostrado que ciertos fármacos y drogas pueden también llevar a sufrir estados de ansiedad elevados.
En el caso de Silvia Linares, el culpable de su agorafobia fue el mobbing. «Me aislaban, me borraban información del ordenador, me hacían la vida imposible para no renovarme el contrato y salí muy desgastada de todo aquello. Viví una situación de ansiedad muy fuerte. Pensé que podía controlarlo, pero cada vez iba a más», relata la autora del libro 'Mi lucha contra la agorafobia', que ahora es empresaria de un pequeño taller familiar destinado a la mecanización industrial de piezas.
Problema crónico
Ella ha conseguido superarlo, pero hay personas para las que la agorafobia llega a convertirse en algo crónico. En este caso, algunos dejan de utilizar el transporte público y otros ni se plantean salir del barrio. La inseguridad les sobrepasa. Pensar que no pueden escapar en un momento crítico de pánico es superior a sus fuerzas. «Creen que se pueden morir, volverse locos o perder el control, quedando atrapados en un circulo vicioso», destaca Rodríguez Goñi.
Y no es para menos. A la mínima predisposición, los síntomas pueden dar que pensar: palpitaciones o ritmo cardiaco acelerado, sudoración, temblores, respiración dificultosa o ahogo, dolor o molestias en el pecho, náuseas o malestar abdominal, así como sensación de vértigo, inestabilidad o mareo. Según Marisa González, «el simple hecho de pensar en la posibilidad de exponerse a esa situación puede desencadenar un ataque de ansiedad». Como precisa, estas crisis se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros diez minutos. También se acompañan de una sensación de peligro inmediato. Así, las palpitaciones se asocian a un infarto y los sofocos, a un desmayo.
Lo normal es que se atribuyan a circunstancias repetidas. Salir de casa solo, mezclarse con la gente, pasar por un puente o viajar en coche son algunas de ellas. De hecho, como explica el psicólogo clínico Pedro Moreno, «hay que ver si el miedo se circunscribe a una circunstancia determinada (montar en avión, por ejemplo) o es generalizado (hacer cola en el banco, ir al supermercado o coger un tren), caso en el que sí habría que hablar de agorafobia», afirma.
En este sentido, como sostiene Marisa González, la ansiedad debe predominar en al menos dos de las siguientes situaciones: multitudes, lugares públicos, viajar lejos de casa o viajar solo. «Además, tiene que ser una característica destacada la evitación de la situación fóbica», agrega.
A Silvia Linares, por ejemplo, le preocupaba tener una salida cerca. «No podía ir a comidas familiares si no me sentaba en los extremos de la mesa para poder ausentarme con mayor facilidad en caso de padecer un ataque de pánico», comenta esta paciente, que convivió con la ansiedad casi un año antes de recibir tratamiento.
No en vano, como observan los especialistas, lo primero es descartar ciertas enfermedades cardiovasculares, respiratorias, hormonales, neurológicas o musculares que puedan presentar la misma sintomatología. No obstante, según Rodríguez Goñi, el mayor porcentaje de estos síntomas (en torno al ochenta por ciento) se debe a un trastorno de pánico, clave de la agorafobia.
Aunque también se pueden desarrollar cuadros de ansiedad y pánico sin que necesariamente aparezca este 'miedo al miedo'. El psicólogo Pedro Moreno establece varias fases en este tipo de trastornos. El primer paso sería la crisis de ansiedad inesperada, que el paciente «malinterpreta» como una «enfermedad grave». En su opinión, alrededor del cuarenta por ciento de la población la experimenta en algún momento de su vida.
El trastorno de pánico sería el segundo eslabón de la cadena. «Es el miedo a sufrir nuevas crisis de ansiedad. Esto genera malestar y altera la vida de la persona, que teme que síntomas inofensivos sean la señal de un peligro real», apunta el psicólogo.
De ahí a la agorafobia no hay mucho trecho. En el momento en que el paciente identifica la aparición de la ansiedad con determinados lugares o circunstancias se habla de agorafobia. Entonces, procuran evitarse. Eso sí, tiene sus matices: «Las crisis de ansiedad no se producen por ir a esos lugares. Lo que ocurre es que en ellos se dan las circunstancias para que se produzcan los síntomas que la disparan», puntualiza Moreno.
Caer en la depresión
Todo está conectado. El agorafóbico se ve atrapado en una red que incluso puede empujarle a caer en la depresión, último tramo de la escalera que señalaba el psicólogo Pedro Moreno. Con él coincide Jesús Rodríguez Goñi: «Estos pacientes ven que su vida se deteriora y que su autoestima disminuye al compararse con los demás y ver que llevan una vida normal».
Ellos, sin embargo, se recluyen en casa, abandonan el trabajo, e incluso pierden a sus amistades. Y no porque quieran. Silvia Linares, de hecho, recuerda que sentía «una mezcla de frustración e impotencia» cada vez que tenía que salir o afrontar una situación, para ella, 'peligrosa'. El problema, además, se complicaba con la incomprensión del entorno. De ahí que escribir el libro fuera su «única vía de escape».
http://www.diariosur.es/prensa/2007...s_20070506.html
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